La banalización del aborto

7 marzo 2009

 aido

Lo que sigue es una cita textual. Es una declaración de la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, en la conferencia de prensa tras el Consejo de Ministros del 6 de marzo:

«Tendremos la mejor ley posible para solventar los problemas actuales, para garantizar la seguridad jurídica de las mujeres y de los profesionales, y también para proteger al no nacido en el momento en el que tiene independencia, desde el momento en el que no requiere de su madre para sobrevivir«.

¿Qué significa proteger al no nacido en el momento en el que tiene independencia, desde el momento en el que no requiere de su madre para sobrevivir?

¿Desde cuándo el aborto protege al no nacido? ¿De qué lo protege? ¿Quizá de evitarle  lo dura que habría sido la vida en caso de que le hubieran dejado vivir?

¿Desde cuando un no nacido tiene independencia? Ni un no nacido, ni un nacido. En realidad, la única independencia que transmiten las palabras de la señora ministra es la independencia del diccionario. Da lo mismo lo que se diga porque nada significa lo que significa. 

¿Desde cuando un no nacido no requiere de su madre para sobrevivir? El no nacido, por definición, requiere de su madre para sobrevivir. Salvo en la neolengua zapateril, claro está.

¿Sabe la señora ministra de Igualdad de qué está hablando? ¿En qué manos estamos?

La insuperable afirmación de la señora Aido puede escucharse a partir del minuto ocho de vídeo Respuestas de ambas a la prensa (parte I), que está colgado en la página web de la Presidencia del Gobierno. En concreto, en el enlace: http://www.la-moncloa.es/ConsejodeMinistros/Videoteca/default.htm

En realidad, ¿qué más da? La banalización del aborto es un paso más en la política del que más da.  Es un paso más en la banalización de la vida y en el culto a esa nueva forma de muerte que es la muerte con buen rollito. Es un paso más en el desprecio a la dignidad humana. Es un paso más en la cosificación de las personas. Porque abortar, señora ministra, no es quitarse un grano.

La banalización del aborto que ha puesto en marcha el Gobierno de Zapatero ofrece un ingrediente añadido. En su irrefrenable afición por meterse en la vida privada de las personas, ha decidido quitar la patria potestad a los padres de las adolescentes que se enfrenten a un embarazo no deseado.

La niña no puede ir a comprar tabaco, ni puede beber alcohol, ni puede sacarse el carné de conducir, ni puede votar. Tampoco puede, señora ministra, casarse: no pueden contraer matrimonio los menores de edad no emancipados.  

¿Cuál es el objetivo de tanta permisividad zapateril para que la niña aborte? ¿Es ésa una de las grandes enseñanzas de Ciudadanía que quiere inculcar el zapaterismo a los niños y adolescentes?

Exacto, ése es el objetivo. Formar esa nueva ciudadanía zapateril que desprecie la vida, y que de la misma forma que ahora se intenta que asuma el aborto como un modernísimo método anticonceptivo, esté capacitado después a asumir la eutanasia como un modernísimo método de incentivar a los abuelos a dejar de dar la lata. 

Y todos tan felices como la ministra Aído.

Bueno, todos no

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Emiliano Gutiérrez, el hombre de Lazcano

26 febrero 2009

Le habían destrozado la casa. Ahora, además, le han destrozado la vida. Y él, ¿qué hizo? Él, en un arrebato de furia, decidió tomarse la justicia por su mano y mostrar a los etarras, en su herriko taberna, cómo quedan las casas cuando otro te las destroza. 

Se llama Emiliano Gutiérrez, y hoy todo el mundo ha podido ver su arrebato de indignación, y todo el mundo sabe que los etarras no le dejarán volver a vivir en su destrozada casa de Lazcano (o Lazcao). Han surgido múltiples plataformas ciudadanas para ayudar a Emiliano a reparar su casa.

Ninguna de ellas podrá garantizarle que, además, podrá volver a vivir tanquilamente en esa casa que los etarras destrozaron con la bomba que habían destinado a volar la Casa del Pueblo del PSOE de Lezcano. 

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Y ése es el mayor problema. Para Emiliano, para todos los vascos y para todos los españoles.

El mayor problema es que los etarras le han echado de su pueblo con el bladón de «fascista» y que nada garantiza que podrá volver a ese mismo pueblo del que nadie parece capaz de echar a los fascistas (a los verdaderos fascistas) que le destrozaron la casa, primero, y luego la vida. 

El mayor problema es que Emiliano cogió su maza cuando sólo faltaban cinco días para coger el voto.

Él, que es de familia de socialistas, no podrá el domingo pasear tranquilamente hasta el colegio electoral de su pueblo para votar a… ¿Para votar a quién?

¿Para votar quizá a Patxi López? ¿No fue Patxi el hombre que se reunió con los pro-etarras de Batasuna para implorarles la paz que ansiaba Zapatero a cambio de reconocerles todos los extremos de su inventado conflicto? En eso, Patxi no actuó de manera diferente a la de Ibarretxe.

Y, con seguridad, ni Patxi ni Ibarretxe están dispuestos a asumir el compromiso de garantizar que Emiliano -y todos los Emilianos  que sufren a diario el terror en el País Vasco- podrán vivir tranquilos sin que se les pase por la cabeza coger ninguna maza para tomarse la Justicia por su mano.

Evidentemente, lo de la maza fue un grave error. Pero el problema aparece cuando hay muchos Emilianos que , año a año, ven con indignada resignación que no se hace Justicia con los que les agreden tan cotidiana como impunemente. 

Un ejemplo. Y ésta es otra historia: ¿Conocen a este hombre?

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Se llama Juan Antonio Olarra Guridi. Fue procesado como etarra cómplice en el asesinato de Francisco Tomás y Valiente. Pues ha sido absuelto por falta de pruebas.

¿Saben quien fue el juez que instruyó el procedimiento contra Olarra de forma ta que ahora el tribunal no encuentra pruebas solventes contra el etarra?

Exacto, ese juez en el que todos estamos pensando. Ese conocido por filtrar, por casi-sentenciar durante la instrucción, pero también conocido por dejar  muchas instrucciones como ésta de Olarra Guridi.